RESISTENCIA EN GANDO
Después de obtenida una tregua regalando muchos presentes, Diego de Herrera consigue que los canarios le permitan mantener su casa fuerte construida en Gando, la fábrica de un oratorio y la reconstrucción de un almacén, bajo el pretexto de negociaciones mercantiles, aunque su verdadero interés era tener un acceso o entrada para las futuras incursiones de la conquista.
En la tan importante factoría quedó como gobernador el portugués Pedro Chemayde, con cuarenta hombres de guarnición, y por alcalde mayor Francisco de Mayorga. Las ordenes secretas que el alcalde recibió eran todas dirigidas a fomentar las discordias y rivalidades de los jefes indígenas y aprovechar cualquier ocasión oportuna de aumentar la influencia española en el país (la historia se repite hoy día: “divide y vencerás”).
Fieles a las instrucciones que les habían dejado, Mayorga y Chemayde no perdían ocasión de cautivar a los indígenas que bajo la garantía del tratado de paz llegaban al fuerte a cambiar sus productos, interviniendo además como árbitros irrecusables en las cuestiones de pastos, deslindes y robos de ganados que con frecuencia se repetían entre los indígenas de aquel distrito. No contentos con sembrar el odio y la desunión entre los naturales, se apoderaban también de todas las jóvenes que tenían fama de hermosas, violentadas y violadas por estos cerdos que no respetaban siquiera las que estaban consagradas al culto, del que existía un cenobio o monasterio en aquellas inmediaciones.
A raíz de estas causas y al acrecentar la desconfianza ante estos hechos y al siniestro oratorio con fosos, elevadas murallas y almenas, los canarios resolvieron atacar y destruir aquel edificio que así atentaba a su independencia; y viendo que se repetían los raptos de mujeres sin que sus reclamaciones fueran atendidas, se reunieron algunos de los guerreros más audaces y valiéndose de la astucia de diseminar ganados por las alturas de Argonez esperaron el resultado de su estratagema.
No fue larga la espera. Seducidos los españoles con aquella buena presa que a su rapacidad se ofrecía, salieron como era su costumbre en ordenado escuadrón y en número de cincuenta hombres, adelantándose gozosos hacia el deseado botín. Huyeron los pastores fingiendo llevarse las reses, pero en realidad agrupándolas hacia la parte donde estaba la emboscada. A pesar de su experiencia en ardides de guerra no pensaron los españoles que los canarios tenían inteligencia y los subestimaron, penetrando en lo más espeso del monte se dedicaron a reunir el desbandado rebaño, dirigiéndolo a la playa. En este momento, saliendo de improviso los canarios de sus ocultas guaridas y cortándoles la retirada sin darles tiempo a organizar una formal defensa ni a valerse de la superioridad de sus armas, los separaron en grupos aislados y, desarmando a unos y matando a otros, quedó disuelto el escuadrón sin escaparse soldado alguno que pudiera delatar el acontecimiento de la derrota al fuerte.
Entonces Maninidra, creyendo llegado el momento de exterminar a todos sus contrarios, reúne algunos de sus amigos y los disfraza con las ropas y armas de los vencidos españoles y bajo este disfraz y llevando por delante el ganado se dirige a Gando, donde era ya esperada con impaciencia la columna de soldados. Al llegar allí, hacen desfilar como prisioneros a un grupo considerable de isleños que llevaban en sus túnicas escondidos sus venablos, y penetrando en el torreón, que les abre sin ninguna desconfianza sus puertas. Al entrar, los que hacían de prisioneros se convierten en isleños libres defendiendo su patria y los disfrazados de soldados cargan también con irresistible impetuosidad sobre los sorprendidos españoles que, después de una corta resistencia, se entregan a merced del vencedor. La torre fue al día siguiente arrasada y sus maderas entregadas al fuego.
Algunos españoles que estaban pescando en una barca a poca distancia de la orilla, llevaron a Herrera la noticia de tan infausto suceso. Y funesto era de verdad para ellos, porque, además de los muertos y heridos en la refriega, era muy considerable el número de prisioneros, entre los que se contaban el gobernador y el alcalde. Esta jornada fue un día de gloria para los isleños que vengaban a sus mujeres y a su patria de los abusadores y mentirosos españoles, que con palabras portadoras de paz y tregua demostraban finalmente lo que eran, sanguinarios intrusos que portando la cruz en una mano y la espada en la otra, su único fin era someter a un pueblo, explotarlo, esclavizarlo y sacar beneficio de sus tierras y su ganado, entre otras vilezas.
Bibliografía: Agustín Millares Torres. (Historia General de las Islas Canarias)
Faita 2.005