; I
Apretándose a mis carnes el sudor
como el mar lava tus cueros, Isla mía,
te voy sintiendo en el dolor y en la fatiga
y amándote y celándote.
Estoy como el vigía que en el monte
resguarda el nido o la colmena amada,
al contemplarte siempre deseada
como carne que es mi carne.
Te miro y te remiro día y noche,
y te palpo en la conciencia y en la sangre,
y vuelvo cada día hasta embriagarme
del dolor de tus heridas.
Y quiero yo perderme en tus veredas
y besar palmo a palmo tus entrañas
y llegar con la luz a tus montañas,
iluminando las chozas de tus hombres.
Quiero Isla mía, Gran Canaria amada,
sembrar tus tierras de esperanza, todas,
y entregar luego persona por persona
la espera sazonada.
Que sienta el hermano la confianza plena
de la espalda protectora de Doramas,
al enjuagarse el amargor de la retama
pendiente de sus ojos.
II
Así te quiero, torreón de anhelo,
viviéndote por sentirte cual soñada,
y al soñarte te veo humanizada
en tu espera palpitante.
Y permaneces carne y como el hueso duro
para estar asidero siendo madre,
y vacilas tal vez por embarcarte
en tu inmensa nave azul.
Mas bien pronto es el deshecho de tu viaje,
porque aguardas por todos, uno a uno,
esperando a los idos por el mundo
sin senda de arena en el recuerdo…
Y así perros vigilando a la palmeral
ladramos al desierto de la altura,
y esperamos y mordemos la amargura
como hombres, tal vez niños, quizá canes.
III
Y la nube sigue estéril como el viento,
y la sed le muerde al hombre la garganta,
y la moza continúa siendo plaza
abierta al fruto eterno.
Y desfilan como sangre los geranios,
y el cactus dice amor a la tunera,
y se enciende de luz la faz entera
de tus campos de sol.
Y así siempre Gran Canaria, mano a mano,
con los hombres mis hermanos, pecho a pecho,
y una voz desde el Nublo se alza al cielo
en grito fraternal.
Vulcano henchido de esta tierra nuestra,
palabra ardiente y dura como roca,
y un canto ancestral que me devora,
dice el himno de la Raza.
IV
Y aquí estoy yo contigo, Gran Canaria
como el niño aborigen que te canta
con la sed de la piedra que descansa
en la angustia del barranco.
Somos y estamos con aullido nuevo
agarrados a la fe de nuestros años,
sosteniendo con el alma nuestros brazos
en cruz sobre la tierra.
Y permanece igual de dura la montaña,
y palpitan aulagas como clavos,
y el sudor al rodar hace el milagro
de cargar de sentido nuestras lágrimas.
Y así somos y seguimos porque estamos
bien metidos en tus cueros insulares,
estrujados al igual que nuestros padres
por tus límites sin límites de madre.
V
No hace falta suplicar la palabra
porque diga más razón a nuestro canto,
lleva toda la verdad que le da el llanto
al hombre cuando llora.
Y veremos que tu sol en día pleno
alumbrará también sendas en sombra,
y el canario vivirá toda la gloria
del paisaje insular.
Y tus hombres marcharemos todos juntos
aliviando la sed de tus barrancos,
hermanados en la fé y en el abrazo
del dolor que nos embarga.
Orlando Hernández (Claridad doliente)