MUERTE DE DORAMAS

 

Todos los que queremos a nuestra patria libre tenemos en alguna medida el aliento de Doramas. Era un guerrero muy capaz y valiente que infligió muchas bajas españolas. Se conocía palmo a palmo su tierra, que en aquella época era frondosa y verde. Cruzaba como nadie barrancos, montañas y se desenvolvía atacando y dispersando españoles como lo que era, un auténtico luchador y guerrero infatigable en su boscosa selva. Nadie dudaba de su valía y de que sus hombres lo seguían con una fidelidad fuera de toda duda. Era un líder nato y eso lo sabía bien el invasor y sanguinario Pedro de Vera, que el miércoles 30 de noviembre de 1481 cogió lo más selecto de su ejército, con la única intención de acabar de una vez por todas con la leyenda de Doramas. Así, reunió a doscientos infantes y cincuenta jinetes, y salió en busca de su presa para acabar con él donde quiera que se encontrase. Atravesó Vera los espesos palmitales de Tamaraceite y, salvando sin tropiezos la cadena de cerros que separa este cantón del de Tenoya, llegó a la vista de la montaña de Arucas, a cuyas faldas se extendía un espléndido valle cubierto de diseminados bosquecillos, primeras avanzadas de las magníficas selvas de Firgas, Teror y Moya.
   Los canarios avisan a Doramas, que en aquel momento se bañaba plácidamente en la vecina playa de Lairaga con sus mejores amigos. Creyendo Doramas que se iban a establecer en aquel sitio para controlar las ricas comarcas del norte y de paso expulsarlo de su hermosa selva, resolvió presentar lucha. Conociendo de antemano que la batalla iba a ser dura decide enviar un mensajero al guanarteme Thenesor Semidán, avisándole de que si quería participar en la lucha debía de darse prisa en bajar al valle. A Doramas, esta cercanía en su propio terreno hizo que se le avivara el odio por lo extranjero y lo enfureciera, acrecentando en él un sentimiento patriótico que nunca se había dormido realmente. Avanzó Doramas con fiera audacia, reagrupando sus diseminados guerreros y haciendo aparición por el norte de la montaña, situándose enfrente de la colina que ocupaban todavía los españoles formando una masa compacta de peones y jinetes.
   Pedro de Vera se alegró al ver a su contrincante y decidió comenzar la batalla antes de que llegaran más canarios. Eran ya las diez de la mañana cuando el general, llevando delante sus cincuenta lanzas, ordenó a la infantería que bajase al llano y apoyando su espalda en el cerro se formase en dos líneas, una de ballesteros y otra de piqueros, armados de alabardas, rodelas y algunos arcabuces.
   Doramas se adelantó con el grueso de sus fuerzas e hizo caer sobre las disciplinadas filas castellanas una lluvia de piedras, dardos y otras armas arrojadizas, mientras recibía el tiro de las ballestas, flechas y arcabuces. Entonces trató de romper el muro que le presentaba el ejército español esgrimiendo a uno y otro lado su terrible espada de combate y dando con ella fieros mandobles en todas direcciones, que llevaban la muerte a cuantos alcanzaba.
   Vera estaba convencido de que el éxito de la batalla se decidiría capturando o dando muerte a Doramas. Señaló donde estaba el jefe isleño a su grupo y se dirigieron hacia él. En medio del fragor y confusión del combate no pudo el escuadrón cargar en masa como era su intento, y los soldados fueron llegando los unos tras de los otros sin que por eso se disminuyera su ardor. El que llegó primero se llamaba Juan de Flores, y sin detenerse se abrió paso con su caballo y, acercándose a Doramas, trató de atravesarle el pecho con su lanza; pero el isleño, desviando el cuerpo con increíble ligereza y levantando su pesada maza, de un revés le deshizo el cráneo haciendo rodar el cadáver a sus pies. Se formó entonces a su alrededor un círculo de españoles que por todos lados le acosaban alejándole de los suyos. Lucha ferozmente contra todos y sin desfallecer, y en ese momento, aparece Pedro de Vera rompiendo el círculo y atravesando el costado izquierdo con su lanza, al mismo tiempo que el jinete cordobés Diego de Hozes le daba por la espalda otra lanzada. Volviese el guerrero con rapidez y de un certero golpe le rompe una pierna a Hozes, pero quedando por este movimiento en descubierto, el general, poco generoso, aprovechó la ocasión traicionera y le hirió en el pecho derribándole en tierra.
   El intrépido Doramas soltó su espada y cayó de rodillas exclamando: “Quien me mata es el cobarde que me ha herido por la espalda”. Al estar tan mal herido de muerte comienza a pedir agua a gritos. Los españoles tan “inteligentes” se creen que pide el bautismo y se dan prisa en traerla en un casco de una cercana charca, pero ya es demasiado tarde. Doramas nunca quiso bautizarse rindiendo pleitesía a un Dios que él jamás podría ver como suyo. Un Dios, que vino en forma de muerte, explotación de sus hermanos, expropiación e invasión de su querida tierra, de su amada patria, que defendió dejando su último aliento en luchar por ella. Ese aliento que todos los independentistas llevamos en nuestro corazón y que no debemos de dejar escapar sino es con nuestra propia muerte, defendiendo nuestra tierra, con uñas y dientes ante tanto abuso y explotación de los invasores que aún nos colonizan.
   La muerte de Doramas fue la señal de una dispersión general entre los canarios, no sin que algunos prefiriesen la esclavitud y se entregaran voluntariamente prisioneros para acompañar así el cadáver de su jefe. Dispuso Vera, con aquella barbarie propia de la época, que se le cortase la cabeza a Doramas y que la clavaran a una pica, mostrándola en el Real de Las Palmas, para que los canarios tuvieran la certeza de su muerte. La célebre espada del héroe estuvo de manifiesto por mucho tiempo en Las Palmas, causando la admiración de cuantos pretendían manejarla. Dice Marín y Cubas: “la espada de palo que él jugaba con una mano, como si fuera una caña, no podía un español a dos manos mantenerla”. El mutilado cuerpo fue sepultado en el propio campo de batalla y se le señaló con un grupo de piedras, sobre el cuál se colocó una cruz. Según Abreu y Galindo: “enterrárosle encima de las montañas los cristianos y algunos canarios que habían venido con él, que no le habían querido dejar y le hicieron un cercado en el mismo lugar donde estaba enterrado, y pusieron una cruz que está hoy allí”. Esto se escribía en 1632. ¿Dónde está esa cruz ahora?. Nadie lo sabe.
   Esta es la muerte de uno de los más célebres héroes que registra la historia del archipiélago. Un fiel defensor que murió por defender a su patria. A partir de aquí la conquista de la isla presentó menos dificultades.

 

Bibliografía: Agustín Millares Torres. (Historia General de las Islas Canarias)

 

Faita 2.005