UN BUEN MAESTRO

Tengo ya las manos
tatuadas de tintas,
tengo ya las manos
rayadas de tizas;
pero mi voz brota
generosa y limpia.

Me rinde a la noche
la dura fatiga;
pero, al alba, voy
ansioso a mi finca
a sembrar palabras
de esperanza y guía.

Arranco y aparto
el cardo y la ortiga,
mimo con tesón
fecundas semillas,
y espero me den
cosechas opimas.

Me entumece, a veces,
frío de apatías,
de la ingratitud
trago las calimas;
pero soy yo mismo
toditos los días.

Si, a veces, me dañan
los tamos de inquina,
si, a veces, me manchan
las lenguas mezquinas…
sigo mi camino
con más energía.

Tesonero, esquivo
molestas brujillas;
constante predico
fe y sabiduría:
ser sol en la escuela
es tarea mía.

Arrugas y canas
ser viejo me indican,
pero mi alma sigue
golosa de vida
porque del amor
recibe las brisas.

Si el hacha del tiempo
me maja y lastima,
no me segará
mis ansias bravías:
seguiré en la lucha
con prez y alegría.

Mostraré, sereno,
penas y sonrisas;
mostraré, orgulloso,
triunfos o caídas…
hasta que me trocen
vientos de agonía…

Entonces no vengan
con avemarías,
entonces no vengan
con caras marchitas.
Hoy, denme, piadosos,
más vida y más dichas.

Que en la braca negra
sobran las mentiras
de coronas ocres
y de tristes cintas…
y hasta las campanas
fingen elegías.

Francisco Tarajano
Publicada en: Barranco abajo, 1989