Esta mañana temprano los martillos ya coreaban su estruendo destructivo en la casa natal del surrealismo, allí donde cuenta la historia local que Óscar Domínguez tuvo su cuna, en la transitada calle de herradores, centro neurálgico del comercio lagunero.
El espacio habitado de su infancia, que años antes de su muerte fatídica rememoró con nostalgia, fueron la playa de arena negra y el drago de Guayonje, pero a nadie se le escapa el hecho dramático de que la casa que vio nacer a nuestro pintor universal sea convertida, después de su aniversario institucional, en un puto edificio de oficinas.
El gobierno de la incultura había anunciado con flores fúnebres, entre los fastos del aniversario de su nacimiento, con poner su nombre artístico al espacio de arte contemporáneo fabricado a golpe de talonarios en la capital tinerfeña.
Hacía mucho tiempo que la Sociedad Económica lagunera ubicó una placa con el rostro de Óscar en la fachada del edicifio natal, o del inmueble más cercano donde nació el pintor, que hasta hace unos meses tenía una afamada chacinería de gourmets en su planta baja, ya desaparecida por el juego especulativo donde siempre gana el más gordo.
Los herederos de la casa avisaron con tiempo, el ayuntamiento de CC no tuvo como es costumbre ninguna precaución de futuro, y así fue que lo que sería para nuestro patrimonio cultural un lugar emblemático de difusión artística, será nada menos que algún chanchullo financiero, ya averiguaremos el qué.
Mientras tanto, ahí queda su obra dispersa por toda Europa, una tesis universitaria de gran interés a cargo del catedrático de Arte de la universidad lagunera, Fernando Castro, otro libro muy recomendable sobre Óscar legado para la posteridad gracias a la recreación imaginaria de la escritora Balbina Rivero, una película de la pasión surrealista del director Lucas Fernández, que aún no he querido ver por razones de precariedad económica, a pesar del espectáculo garantizado por gente del cine como Jorge Perugorria, y que más decir, algún catálogo de obras pictóricas y decalcomanías ya descatalogado por la racionalidad editorial que nunca jamás supo del automatismo surrealista.
En fin, esta mañana los martillos de la obra representaban mejor que cualquier otra metáfora onírica el signo póstumo para Óscar Domínguez.
s.d
|