CUENTO SOBRE UNA ISLA Y SU BANDERA
Tamarant, 03/04/06
Érase una vez una isla del continente africano, de un archipiélago de islas también invadidas y colonizadas, por la encubierta corona española. En esta isla, al igual que en las demás, existía una mentira de autogobierno llamada autonomía. La capital española, dirigía y decidía; hasta de donde se podía extraer arena para unir varias playas del sur de la isla. Y concretamente, en esta isla llamada Tamarán, gobernaba en el cabildo, un hombre que…
-Pero papi- interrumpiendo el cuento que contaba su padre- ¿Qué es un cabildo?
-Y el padre, después de un suspiro- le dice-. Un cabildo, peque, tiene varias definiciones, pero en el sitio del cuento; es un lugar que debe representar a los pueblos de cada isla…
-Y el hijo vuelve a interrumpir preguntando- ¿Entonces el señor que gobierna ese lugar es un intrigante?
-¿Por qué dices eso? -pregunta el padre extrañado-.
-Porque la seño, dijo ayer en clase que un cabildero era un intrigante, y ese gobernante es quien manda en ese cabildo, ¿no?
-Sí,…me imagino,…si lo dijo tu seño,…bueno,… sigamos con el cuento, que tienes que dormir -y continuó con el relato- …ese gobernante, estaba orgulloso de su apellido castizo; nombre de una ciudad y provincia de Castilla la Vieja…
-Pero papi –corta el niño de nuevo-. Ese sitio existe…se llama Soria, y está junto al río Duero; lo di en clase de geografía.
-Vaya que casualidad -y continuó- …pues este gobernante que tu has llamado Soria, se le ocurrió un día colocar una bandera que representara la isla donde gobernaba. Esa bandera mediría unos trescientos metros cuadrados y pesaría unos veinticinco kilos, sería colocada sobre un mástil de diecinueve toneladas y cincuenta metros de altura. Su costo sería de trescientos sesenta mil euros y representaría desde muy lejos, los colores de la isla, portando en el centro el escudo del cabildo…
-¡Un escudo!…como en las películas de los Templarios o el rey Arturo. ¡Enséñame el dibujo! -decía el niño, sentándose de una sola vez en la cama-.
El padre giró el libro de cuentos hacia unos ojos muy vivaces, mostrando al crío el dibujo del escudo con sus diversos símbolos, como el castillo o un león…y una corona sobre la cúspide del escudo.
-¡Papi, una corona! -dijo el niño-. ¿Yo podré ser algún día rey?
-No, mi niño. -contestó el padre-. Pero si estudias mucho y mantienes una voluntad de hierro, quizás, llegues a ser presidente del gobierno.
-¿Y por qué no puedo ser rey? -insistió el niño-. No decías que vivimos en una democracia. ¿Cómo se eligen a los reyes?
-El padre, exasperándose un poco ante tantas preguntas y volviendo a suspirar le contestó contenidamente-. Hijo mío, no se bien que decirte, pero si te puedo aclarar que el anterior dictador y gobernante, lo puso a dedo; y que cuando murió, ese rey impuesto “por la gracia de Dios”, llegó pocos años después, como complemento en un referéndum de constitución.
-¿Y cuantas constituciones habían para elegir? -preguntó inteligentemente el niño-.
-Pues,… sólo se podía elegir una; no habían varios modelos de constitución -dijo el padre-.
-Pero…-insistió el niño-. ¿Por qué no hicieron dos? Uno para aceptar al rey y otro sin él. ¿O una constitución en la que el rey se pudiera elegir democráticamente? -entonces su semblante se tornó triste y sombrío, exclamando-. ¡Esto no es una democracia!,… todo es una farsa, ¡vaya mentira!
-¡Peque! -dijo el padre alzando un poco la voz, y cada vez más desesperado-. No pienses en eso ahora, y déjame que te acabe el cuento…
-Y el niño volvió a hablar sin escuchar al padre-. ¡No me gusta esa bandera!, no representa la democracia. Representa el sometimiento de un pueblo a un gobernante impuesto. Es más, eso de la bandera es una auténtica “soriasis”…
-¿Soriasis? -le cortó el padre-.
-¡Sí!,…si tonto es el que dice tonterías, y esa idea de la bandera es de Soria; pues Soria, es el que dice tonterías…vamos, soriasis…
-Y el padre explotó con una carcajada y secándose las lágrimas y un poco más calmado, le explicó-. ¡Peque!, la idea puede ser una tontería, ciertamente es un símbolo partidista que lo único que consigue es seguir con ese enfrentamiento entre hermanos, llamado pleito insular, pero esto es sólo un cuento; además, la soriasis, es una enfermedad dermatológica, que de momento no tiene cura…
-Lo que yo decía -dijo el niño, y continuó-. Esa idea de alzar una bandera que no representa a todos los isleños y que mantiene la simbología del estado opresor, es también, de alguien enfermo por mantener el inmovilismo perpetuo del poder colonial. Igual que la soriasis, no tiene cura. Y peor aún, tú dices que es sólo un cuento; pero, estos gobernantes parece que van a vivir toda la vida del cuento, ¿no?
Y el padre cerró el libro, le besó suavemente en la frente, rogándole que cerrara los ojos y durmiera. No quería que el niño siguiera con esos pensamientos, pues podrían producirle malas pesadillas.
-Duerme corazón –dijo con una voz casi apagada-. Que mañana nos vamos de paseo a Caleta.
-¿Y dónde está eso? -le dijo el niño-.
Y el padre lo miró fijamente y recordó el anterior comentario sobre las clases de geografía; el niño sabía más de lugares ajenos y extraños, que de su lugar de origen. ¿Sería verdad que la enseñanza colonial, aniquilaba todo signo de identidad e idiosincrasia? -y le dijo-. Mañana te compro un mapa y te enseño día a día donde habitas; nos vamos a recorrer todo, pueblo por pueblo y barranco tras barranco.
El niño le sonrió y cerró los parpados. Al poco rato dormía profundamente. Soñó con la verdadera democracia y con la independencia de ese archipiélago africano. Y en esa independencia soñada, se le apareció una bandera que ondeaba al viento de los alisios. En bandas verticales y de izquierda a derecha sus colores eran blanco, azul celeste y amarillo... ¡Que bonita bandera!...en el centro y en círculo: ¡Siete hermosas, y combativas… verdes estrellas!
FAITA 2006