BENTEJUÍ, EL ÚLTIMO GUANARTEME Y EL FAICÁN DE TELDE

 

 Después de la captura del Guanarteme Thenesor Semidán (Fernando Guanarteme, bautizado más tarde en Castilla), se debatía la necesidad de un aspirante a guanarteme que siguiera el liderazgo de la lucha por la nación. Eran muchos los aspirantes a la corona, entre ellos se encontraban Guayarmina, la hija de Thenesor y Arminda, la única heredera de Guayasen el bueno (llamado así, porque dejó escapar tiempo atrás a otro pirata esclavizador portugués llamado Diego de Silva, desde entonces esa zona alta y abrupta de Guía se llama así “La cuesta de Silva”, en referencia a este suceso), se decidió que como mujeres no podían aspirar al mando, ya que las críticas circunstancias de invasión, determinaban la elección de un hombre dotado de revelantes cualidades de valor, lucha, destreza y patriotismo. En el grupo a presidir el guanartemato, estaban Aythamy, hermano de Thenesor, y aunque buen guerrero era de trato intratable. También participaban en la lucha por el poder dos jóvenes, Bentejuí y Thagoroste, de la familia real de Semidán.
   Dividiéndose las opiniones, llegaron a la conclusión que el mejor para el puesto era Bentejuí, apadrinado por el poderoso e influyente faicán de Telde, cierto es, que Aythamy y Thagoroste eran personas que no caían bien al pueblo.
   Para tranquilizar a ciertos isleños que aún esperaban el regreso de Thenesor, se ofreció Bentejuí a tomar en matrimonio a la princesa Guayarmina, hija del guanarteme, de esta manera no se excluía a la familia de Thenesor.
   Al proclamarse nuevo guanarteme por la mayoría de los canarios, se rodeó Bentejuí de los guayres más reconocidos y ordenó a los suyos que se reunieran con sus familias y animales en el valle de Tejeda, para así, refugiarse en la fortaleza natural de los Roques de Bentaiga.
   Un envidioso Aythamy, a causa del triunfo de Bentejuí, decidió trasladarse a Las Palmas, unido por algunos seguidores, y se entregó a las huestes invasoras pidiendo el bautismo para él y los suyos. Traicionando a su país por lo que democráticamente se había decidido, elevándose a guanarteme a uno de sus más directos competidores.
   El mismo obispo Juan de Frías que había regresado de Lanzarote, les dio bautismo, prestando a partir de ahora sus servicios a los enemigos de su país, llamándosele desde ese momento Diego. Combatió con más ardor de lo habitual y mantuvo un exagerado celo para que se olvidara su vergonzante posición.
   En este momento llegaban más carabelas al puerto de las Isletas, desembarcando Miguel de Mujica, el interprete Juan Mayor, y las tropas vizcaínas, además de los reconvertidos a la causa española, el guanarteme Thenesor Semidán, (ahora Fernando Guanarteme) guayres y muchos isleños que seguían viendo en Thenesor a su rey.
   A los canarios les habían dado promesa de conservar sus rangos y honores, si se mantenían al lado de los invasores, preocupándose los castellanos de que todas estas noticias llegaran por medio de los isleños convertidos, a los que todavía luchaban y se revelaban contra este imperio opresor. De esta forma se pretendía desmoralizar a los rebeldes que aún se mantenían en acción combativa.
   De todos los canarios convertidos, se hallaban en el Real unos quinientos hombres al mando de Thenesor, acompañado por sus guayres Aythamy y Maninidra.
   Los espías habían puesto sobre aviso que el grueso de la nación estaba comprendido por seiscientos guerreros y mil quinientas mujeres con sus hijos refugiados en Ansite, entre Gáldar y Tirajana, bajo el mando del nuevo guanarteme Bentejuí y el apoyo del faicán de Telde. De esta manera, Pedro de Vera, se puso en marcha con sus ejércitos, acompañándolo el propio obispo Juan de Frías, para ser testigo de excepción (en esta época, el Dios que conocían los españoles les permitía matar y esclavizar, siendo esto mejor, a que los guanches adoraran al sol o al universo y vivieran en paz y armonía).
   Llegados al punto, en el mismo valle de Tejeda, se adelantó Thenesor pidiendo licencia para hablar con sus paisanos, vestía el guanarteme con las mejores prendas regaladas por los reyes de Castilla, al encontrarse con sus antiguos vasallos y compañeros, les dijo con frases conmovedoras que dejasen las armas y que se rindieran al poder castellano, que serian tratados con bondad, que vivirían tranquilos y felices con sus familias bajo el dominio de unos reyes justos y benévolos, alcanzando, además, el cielo si se bautizaban bajo el mando del nuevo Dios. Toda esta charla la dio en presencia de hombres valientes pero extenuados por el esfuerzo y el hambre. Muchos se conmovieron ante tan placentero regalo para los oídos, pero Bentejuí y el faicán, dándose cuenta de las promesas y luego seguras traiciones en forma de esclavitud, y  rompiendo la conferencia, le despidieron, mandándole bajar y diciéndole el propio faicán con desprecio: “Anda mal aconsejado guanarteme, vuelve con esos hombres que tantas veces nos han engañado y déjanos morir con honra”, quiso replicar Thenesor en la diferencia de fuerzas, pero de nuevo, lo interrumpió el faicán, diciéndole: “Canaria existe. Mírala en pie sobre esos roques” y al oír esas palabras llenas de patriotismo y faltas de traición por su país, bajó Thenesor la mirada, avergonzado y se alejó contándole a Alonso de Lugo lo que había ocurrido. No atreviéndose los españoles a emprender el cerco de aquella posición natural sin orden de Vera, optando por la retirada y encerrándose en la fortaleza de Agaete.
   Después de las batallas y pérdidas de un bando y otro, y de todas las posiciones que iban ganando el enemigo a causa de los traidores convertidos, se mantuvo el último foco de resistencia en la fortaleza de Ansite.
    Pedro de Vera, mandó acampar al pie del cerro resguardado por murallas y baluartes, y quiso esperar tranquilo hasta que el hambre decidiera la suerte de esta batalla.
   El día 29 de abril de 1483, al amanecer, parte del campamento Thenesor, subiendo por el peligroso sendero, sin temor, ya que los canarios lo habían reconocido. Cuando se encuentra rodeado por ellos, los hambrientos canarios comienzan a vitorearlo dando muestras de fidelidad, hablándoles él con mucha amabilidad, siendo atento con ellos, diciéndoles que depusieran las armas y se entregaran para salvarse de una muerte segura. Les dijo, como lo había hecho en el Bentaiga, de todos los beneficios de someterse a los invasores, y esas palabras, unidas al sentimiento explotado, al hambre, a la sed y al cansancio, hicieron mella en los isleños, decidiendo, aún con la fuerza de Bentejuí y el faicán, que mantuvieron su posición intentando despedirlo de aquel sitio y volver a la lucha, decidieron como decía, rendirse y someterse.
   Tanto fue el griterío de los canarios pidiendo la paz, que solo pudo conseguir Bentejuí, que se rendirían, no si antes firmar una capitulación por escrito, garantizándoles ciertas condiciones de posición social para Arminda, guayres y el pueblo canario.
   Mientras la capitulación se hacía realidad escrita, se preparaba Vera, hinchado de triunfo y regocijo por los acontecimientos que iban surgiendo, en el otro extremo, Bentejuí y el faicán de Telde, se abrazaron fuertemente el uno con el otro y desde el borde del precipicio se despeñaron, gritando patrióticamente el ya conocido: “ATIS TIRMA”.
    Murieron ese día, pero murieron como hombres libres, héroes auténticos que supieron estar unidos bajo la consigna de luchar por su tierra, de luchar por su patria. La misma patria que los vio y amó como hombres fuertes, honrados y libres. Era mejor morir que vivir sometidos al imperio carnicero, expoliador y esclavista, que se definían a si mismos, como hombres buenos y cristianos seguidores de Dios. Calaña mal nacida que desunió y conquistó a un pueblo humilde y luchador, del que quedó amplia presencia y que nunca se extinguió.
    Todos, mantenemos el derecho y el deber de recordar a estos patriotas, que murieron por defender lo que hoy día es nuestro, nuestra tierra, historia, cultura e idiosincrasia. Debemos seguir siendo el testigo de la lucha de nuestros ancestros o seguir en la lucha por los intereses de nuestra tierra, en la cual, nacimos y por derecho propio nos pertenece. Hay que recordar que una invasión, no tiene fecha de caducidad, y Canarias nos pertenece como Estado y Nación, para amarla, defenderla del expolio y los ríos de cemento que se le vierten diariamente. Conquistemos de nuevo lo que ya es nuestro, y pasemos a tener una gran nación, en vez, de una triste figura colonial africana.

Bibliografía: Agustín Millares Torres (Historia General de Las Islas Canarias)
                      José de Viera y Clavijo  (Historia de Canarias)

 

Faita 2.006